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Era un hombre de unos 50 años de edad, de
contextura fornida, alto, ligeramente canoso y periodista de profesión.
Había llegado en estado de agitación psicomotriz, impertinente,
probablemente debido a la condición aguda que presentaba. Eran las 2 de la
mañana y el alboroto se sentía en todos los pasillos del quinto piso del
hospital.
Como la Doctora residente de guardia le había llamado la
atención para que dejara que lo atendiéramos, el paciente se había calmado,
aunque persistía su burla y se refería a ella como "Catalina", un
sobrenombre de su propia invención.
Luego de haberlo comenzado a transfundir, teníamos que
proceder, según las instrucciones de la jefa de la guardia, a sondearle la
vejiga, para monitorizar la emisión de orina. Hasta ese momento, yo no había
tenido la oportunidad de realizar este tipo de procedimiento y éste era el
momento esperado.
Tenía cierto temor por las condiciones del paciente, pero
la Doctora me animó a hacerlo y comenzó a dirigirme. Su primera indicación
fue que me pusiera los guantes y posteriormente me dijo, aunque en términos
coloquiales: "¡agárrale el pipí con la mano izquierda!"
El paciente, que estaba muy ansioso por el procedimiento
a realizar, más que por su grave estado de salud que aparentemente no le
preocupaba, inmediatamente replicó:"¡Nada de pipí!, ¡paloma de la paz!", por
lo que todos los presentes soltamos la carcajada.
La Doctora siguió dirigiéndome y me dijo en un instante:
"¡No le pegues la sonda del pipí porque se contamina" y el paciente volvió a
contestar de inmediato: "¡Un momento Catalina, mi pipí es el pipí más limpio
del mundo, así que no diga que está contaminado!", por lo que estuvimos
riendo otro largo rato.
El paciente posteriormente fue operado y fue dado de alta
satisfactoriamente y aunque no lo vimos más, siempre lo recordaremos lo
sucedido con "la paloma de la paz". |